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sábado, 7 de julio de 2012

Quinto Aniversario del Summorum Pontificum

Publicamos a continuación una entrevisa con el cardenal Raymond Burke sobre el quinto aniversario de la publicación del Motu Proprio Summorum Pontificum de S.S Benedicto XVI que promueve la celebracion de la Misa Tradicional en Latín como un tesoro precioso que debe conservarse:


CIUDAD DEL VATICANO (CNS) - Cinco años después que el Papa Benedicto XVI levantara la mayoría de las restricciones sobre la celebración de la misa Tridentina, un alto oficial Vaticano dice que queda mucho trabajo para hacerla liturgia tradicional plenamente accesible a los fieles, y utilizar su influencia para llevarla a la forma de la misa en que la mayoría de los católicos asisten.

“No hay duda de que sigue existiendo en ciertos lugares una resistencia a lo que el Santo Padre ha pedido, y eso es triste”, dice el Cardenal Raymond L. Burke, Prefecto del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica y antiguo arzobispo de St. Louis. “A veces es incluso una expresión de desacuerdo con la disciplina del Santo Padre, e incluso una expresión que ello es perjudicial para la Iglesia”.

Con su carta apostólica “Summorum Pontificum”, publicada en Julio 7 de 2007, el Papa Benedicto XVI permitió a los sacerdotes ofrecer la Misa Tridentina sin permiso especial de sus obispos. El decreto también provee la creación de “parroquias personales”, dedicadas a la liturgia tradicional, que había caído en desuso en medio de los cambios modernizadores que siguieron al Concilio Vaticano II de 1962-1965.

“Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial”, escribió en el momento el Papa en una carta de presentación de su anuncio a los obispos del mundo.

El Papa Benedicto dejó en claro que él estaba actuando en parte para promover la reconciliación con los tradicionalistas descontentos de la Fraternidad de San Pío X, que había roto con Roma para protestar contra algunas de las enseñanzas del Concilio Vaticano II y los cambios subsecuentes en la liturgia.

El mes pasado, tras tres años de conversaciones una vez si, otra vez no, el Vaticano anunció que a los tradicionalistas se les había ofrecido términos formales de reconciliación. A pesar que la FSSPX había advertido de las persistentes “dificultades doctrinales” que podrían prolongar las negociaciones, el Cardenal Burke dijo a Catholic News Service que él cree que una reunión, en última instancia, se llevará a cabo.

Pero satisfacer las demandas de los tradicionalistas no era el único propósito del Papa Benedicto XVI al publicar “Summorum Pontificum”. El Papa escribió que actuó con el fin de “conservar las riquezas que han crecido en la fe y en la oración de la Iglesia y de darles el justo puesto”.

En la misma carta, el Papa también afirmó que las versiones antiguas y nuevas de la Misa podrían “enriquecerse mutuamente”. Para el Cardenal Burke, tal enriquecimiento mutuo es parte de la llamada “reforma de la reforma”, el proceso de reparación de las deficiencias de la liturgia introducidas bajo Paulo VI.



La reforma del Misal Romano en el período después del Vaticano II fue “demasiado radical”, y “fue más allá y, en algunos sentidos quizá no fue completamente coherente con lo que los padres del concilio había establecido”, dice el cardenal.

“Hubo un despojo, un cambio de la forma del rito que a mi juicio fue demasiado”, dice. “No se puede tomar en una realidad viva, la adoración de Dios como Dios ha querido que lo adoráramos, y tratar de forzarla sin hacer violencia y sin dañar en algún modo la vida de fe de la gente”.

El uso del latín es de lejos la pérdida más importante, dice el cardenal, señalando que incluso la nueva forma de la Misa es todavía celebrada regularmente en el lenguaje universal de la Iglesia.

Entre los otros elementos de la tradición de que el Cardenal Burke espera que la Iglesia finalmente restaurará en la misa en su versión más reciente, son las oraciones de apertura a los pies del altar, las cuales él dice ofrecen un “vínculo inmediato” con la herencia litúrgica judía: los salmos, una vez cantados por el sumo sacerdote en el templo de Jerusalén.

Otras características de la Misa Tridentina a los cuales el Cardenal daría la bienvenida en la liturgia más reciente, incluyen al sacerdote recitando las oraciones en voz baja antes de la Comunión, un período de casi silencio que, explica, “llama nuestra atención a esta la parte más sagrada de la Santa Misa”; y la recitación del prólogo del Evangelio de san Juan, unhimno a la encarnación redentora” que “fija en su mente, una vez más, la gran realidad con la cual Ud. se ha encontrado y en la cual Ud. ha participado”.

Por otro lado, el Cardenal Burke dice, la práctica de leer pasajes de las Escrituras en lenguas modernas ha sido un “gran regalo” de la liturgia posterior al Concilio Vaticano II, que debe ser incorporada en la Misa Tridentina. Y dice él que la versión más reciente de la Misa, en la que el sacerdote por lo general se orienta hacia la congregación, puede animar a una apreciación más profunda de la “transparente devoción” con la que los sacerdotes deberían celebrar ambas formas de la liturgia.

Por supuesto, para que las dos formas de la Misa se enriquezcan mutuamente, ambas deben estar disponibles. Pero después de medio siglo de abandono, nota el cardenal, hay una escasez de sacerdotes con algún conocimiento del latín, para no mencinar la experiencia con la antigua liturgia, un problema que, dice él, invita a la revisión del curriculum de los seminarios.

Mientras tanto, el Cardenal aconseja paciencia con los tradicionalistas que se sienten “asediado”, cuando obispos bien intencionados no pueden satisfacer sus demandas con la suficiente rapidez.

“Sería inapropiado e incluso ofensivo para nuestro Señor”, dice, “tener a alguien ofrezciendo la Misa que no sepa lo que está diciendo, o que ni siquiera sepa cómo decirlo”.


Traducción de Secretum Meum Mihi, énfasis nuestros.

lunes, 18 de junio de 2012

Aún queda mucho por hacer en el camino de la renovación litúrgica


Durante el cierre del 50º congreso Eucarístico  se transmitió un vídeo mensaje del Santo Padre Benedicto XVI. En el cual destaca la mención a la reforma litúrgica llevada a cabo por el Concilio Vaticano II.
En términos del Papa una parte de la renovación se ha logrado concretar, sin embargo aún queda mucho por hacer.

Queridos hermanos y hermanas:

Con gran afecto en el Señor, saludo a todos los que os habéis reunido en Dublín para el 50 Congreso Eucarístico Internacional, en especial al Señor Cardenal Brady, al Señor Arzobispo Martin, al clero, a las personas consagradas, a los fieles de Irlanda y a todos los que habéis venido desde lejos para apoyar a la Iglesia en Irlanda con vuestra presencia y vuestras oraciones.


El tema del Congreso – «La Eucaristía: Comunión con Cristo y entre nosotros» – nos lleva a reflexionar sobre la Iglesia como misterio de comunión con el Señor y con todos los miembros de su cuerpo. Desde los primeros tiempos, la noción de koinonia o communio ha sido central en la comprensión que la Iglesia ha tenido de sí misma, de su relación con Cristo, su Fundador, y de los sacramentos que celebra, sobre todo la Eucaristía. Mediante el Bautismo, se nos incorpora a la muerte de Cristo, renaciendo en la gran familia de los hermanos y hermanas de Jesucristo; por la Confirmación recibimos el sello del Espíritu Santo y, por nuestra participación en la Eucaristía, entramos en comunión con Cristo y se hace visible en la tierra la comunión con los demás.


Recibimos también la prenda de la vida eterna futura.

El Congreso tiene lugar en un momento en el que la Iglesia se prepara en todo el mundo para celebrar el Año de la Fe, para conmemorar el quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, un acontecimiento que puso en marcha la más amplia renovación del rito romano que jamás se haya conocido. Basado en un examen profundo de las fuentes de la liturgia, el Concilio promovió la participación plena y activa de los fieles en el sacrificio eucarístico. Teniendo en cuenta el tiempo transcurrido, y a la luz de la experiencia de la Iglesia universal en este periodo, es evidente que los deseos de los Padres Conciliares sobre la renovación litúrgica se han logrado en gran parte, pero es igualmente claro que ha habido muchos malentendidos e irregularidades. La renovación de las formas externas querida por los Padres Conciliares se pensó para que fuera más fácil entrar en la profundidad interior del misterio. Su verdadero propósito era llevar a las personas a un encuentro personal con el Señor, presente en la Eucaristía, y por tanto con el Dios vivo, para que a través de este contacto con el amor de Cristo, pudiera crecer también el amor de sus hermanos y hermanas entre sí. Sin embargo, la revisión de las formas litúrgicas se ha quedado con cierta frecuencia en un nivel externo, y la «participación activa» se ha confundido con la mera actividad externa. Por tanto, queda todavía mucho por hacer en el camino de la renovación litúrgica real.

En un mundo que ha cambiado, y cada vez más obsesionado con las cosas materiales, debemos aprender a reconocer de nuevo la presencia misteriosa del Señor resucitado, el único que puede dar amplitud y profundidad a nuestra vida. La Eucaristía es el culto de toda la Iglesia, pero requiere igualmente el pleno compromiso de cada cristiano en la misión de la Iglesia; implica una llamada a ser pueblo santo de Dios, pero también a la santidad personal; se ha de celebrar con gran alegría y sencillez, pero también tan digna y reverentemente como sea posible; nos invita a arrepentirnos de nuestros pecados, pero también a perdonar a nuestros hermanos y hermanas; nos une en el Espíritu, pero también nos da el mandato del mismo Espíritu de llevar la Buena Nueva de la salvación a otros. Por otra parte, la Eucaristía es el memorial del sacrificio de Cristo en la cruz; su cuerpo y su sangre instauran la nueva y eterna Alianza para el perdón de los pecados y la transformación del mundo.



Durante siglos, Irlanda ha sido forjada en lo más hondo por la santa Misa y por la fuerza de su gracia, así como por las generaciones de monjes, mártires y misioneros que han vivido heroicamente la fe en el país y difundido la Buena Nueva del amor de Dios y el perdón más allá de sus costas. Sois los herederos de una Iglesia que ha sido una fuerza poderosa para el bien del mundo, y que ha llevado un amor profundo y duradero a Cristo y a su bienaventurada Madre a muchos, a muchos otros. Vuestros antepasados en la Iglesia en Irlanda supieron cómo esforzarse por la santidad y la constancia en su vida personal, cómo proclamar el gozo que proviene del Evangelio, cómo inculcar la importancia de pertenecer a la Iglesia universal, en comunión con la Sede de Pedro, y la forma de transmitir el amor a la fe y la virtud cristiana a otras generaciones. Nuestra fe católica, imbuida de un sentido radical de la presencia de Dios, fascinada por la belleza de su creación que nos rodea y purificada por la penitencia personal y la conciencia del perdón de Dios, es un legado que sin duda se perfecciona y se alimenta cuando se lleva regularmente al altar del Señor en el sacrificio de la Misa.



La gratitud y la alegría por una historia tan grande de fe y de amor se han visto recientemente conmocionados de una manera terrible al salir a la luz los pecados cometidos por sacerdotes y personas consagradas contra personas confiadas a sus cuidados. En lugar de mostrarles el camino hacia Cristo, hacia Dios, en lugar de dar testimonio de su bondad, abusaron de ellos, socavando la credibilidad del mensaje de la Iglesia. ¿Cómo se explica el que personas que reciben regularmente el cuerpo del Señor y confiesan sus pecados en el sacramento de la penitencia hayan pecado de esta manera? Sigue siendo un misterio. Pero, evidentemente, su cristianismo no estaba alimentado por el encuentro gozoso con Cristo: se había convertido en una mera cuestión de hábito. El esfuerzo del Concilio estaba orientado a superar esta forma de cristianismo y a redescubrir la fe como una amistad personal profunda con la bondad de Jesucristo. El Congreso Eucarístico tiene un objetivo similar. Aquí queremos encontrarnos con el Señor resucitado. Le pedimos que nos llegue hasta lo más hondo. Que al igual que sopló sobre los Apóstoles en la Pascua infundiéndoles su Espíritu, derrame también sobre nosotros su aliento, la fuerza del Espíritu Santo, y así nos ayude a ser verdaderos testigos de su amor, testigos de la verdad. Su verdad es su amor. El amor de Cristo es la verdad.



Mis queridos hermanos y hermanas, ruego que el Congreso sea para cada uno de vosotros una experiencia espiritualmente fecunda de comunión con Cristo y su Iglesia. Al mismo tiempo, me gustaría invitaros a uniros a mí en la oración, para que Dios bendiga el próximo Congreso Eucarístico Internacional, que tendrá lugar en 2016 en la ciudad de Cebú. Envío un caluroso saludo al pueblo de Filipinas, asegurando mi cercanía en la oración durante el periodo de preparación a este gran encuentro eclesial. Estoy seguro de que aportará una renovación espiritual duradera, no sólo a ellos, sino también a todos los participantes del mundo entero. Ahora, encomiendo a todos los participantes en este Congreso a la protección amorosa de María, Madre de Dios, y a san Patricio, el gran Patrón de Irlanda, a la vez que, como muestra de gozo y paz en el Señor, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.



BENEDICTUS PP. XVI



martes, 12 de junio de 2012

Jesús no abolió lo sagrado, sino que lo llevó a su cumplimiento

Reproducimos a continuación, la hermosa homilía del Santo Padre en la fiesta de Corpus Christi (énfasis nuestros):


¡Queridos hermanos y hermanas!

Esta tarde, quisiera meditar con vosotros sobre dos aspectos, entrelazados entre sí, del Misterio eucarístico: el culto de la Eucaristía y su sacralidad. Es importante volver a tomarlos en consideración para preservarlos de visiones incompletas del mismo Misterio, como las que se han verificado en el pasado reciente.



Ante todo, una reflexión sobre el valor del culto eucarístico, en particular de la adoración del Santísimo Sacramento. Es la experiencia, que viviremos también esta tarde, después de la Misa, antes de la procesión, durante su desarrollo y cuando termine. Una interpretación unilateral del Concilio Vaticano II ha penalizado esta dimensión, restringiendo prácticamente la Eucaristía al momento de la celebración. En efecto, fue muy importante reconocer la centralidad de la celebración, en la que el Señor convoca a su pueblo, lo reúne alrededor de la dúplice mesa de la Palabra y del Pan de vida, lo alimenta y lo une a Sí, en la oferta del Sacrificio. Esta valoración de la asamblea litúrgica, en la que el Señor obra y realiza su misterio de comunión, permanece naturalmente válida, pero se debe colocar en su justo equilibrio. En efecto – como sucede a menudo – queriendo subrayar un aspecto, se acaba con sacrificar otro. En este caso, la acentuación realizada sobre la celebración de la Eucaristía ha disminuido la adoración, como acto de fe y de oración dirigido al Señor Jesús, realmente presente en el Sacramento del altar. Este desequilibrio ha tenido repercusiones también sobre la vida espiritual de los fieles. En efecto, concentrando toda la relación con Jesús eucaristía sólo en el momento de la Santa Misa, se corre el riesgo de vaciar de su presencia el resto del tiempo y del espacio existenciales. Y, de este modo, se percibe menos el sentido de la presencia constante de Jesús en medio de nosotros y con nosotros – una presencia concreta, cercana, entre nuestras casas, como «Corazón que late» de la ciudad, del país y del territorio, con sus distintas expresiones y actividades. El Sacramento de la Caridad de Cristo debe permear toda la vida cotidiana.

En realidad, es un error contraponer la celebración y la adoración, como si estuvieran en competencia la una contra la otra. Es precisamente, todo lo contrario: el culto del Santísimo Sacramento constituye el ‘ambiente’ espiritual en el cual la comunidad puede celebrar bien y en verdad la Eucaristía. Sólo si está precedida, acompañada y seguida por esta conducta interior de fe y de adoración, la acción litúrgica puede expresar su pleno significado y valor. El encuentro con Jesús en la Santa Misa se realiza verdadera y plenamente cuando la comunidad es capaz de reconocer que Él, en el Sacramento, habita su casa, nos espera, nos invita a su mesa y, luego, una vez que la asamblea se ha disuelto, permanece con nosotros, con su presencia discreta y silenciosa, y nos acompaña con su intercesión, y sigue recogiendo nuestros sacrificios espirituales y ofreciéndolos al Padre.
En este contexto, me complace subrayar la experiencia que viviremos esta tarde juntos. En el momento de la adoración, estamos todos en el mismo plano, de rodillas ante el Sacramento del Amor. 



El sacerdocio común y el ministerial se encuentran unidos en el culto eucarístico. Es una experiencia muy bella y significativa, que hemos vivido varias veces en la Basílica de San Pedro y también en las inolvidables vigilias con los jóvenes – recuerdo, por ejemplo las de Colonia, Londres, Zagreb y Madrid. Es evidente para todos que estos momentos de vigilia eucarística preparan la celebración de la Santa Misa, preparan los corazones al encuentro, de forma que éste resulta más fructuoso. Estar todos en silencio prolongado ante el Señor presente en su Sacramento es una de las experiencias más auténticas de nuestro ser Iglesia, que se acompaña de forma complementaria con la de celebrar la Eucaristía, escuchando la Palabra de Dios, cantando, acercándose juntos a la mesa del Pan de vida. No se pueden separar – van juntas - la comunión y la contemplación. Para comunicar verdaderamente con otra persona, tengo que conocerla, saber estar en silencio cerca de ella, escucharla, mirarla con amor. El verdadero amor y la verdadera amistad viven siempre esta reciprocidad de miradas, de silencios intensos, elocuentes, llenos de respeto y de veneración, de forma que el encuentro se viva profundamente, de modo personal y no superficial. Y, lamentablemente, si falta esta dimensión, también la misma comunión sacramental puede llegar a ser, de parte nuestra, un gesto superficial. Sin embargo, en la verdadera comunión, preparada por el coloquio de la oración y de la vida, podemos decirle al Señor palabras de confianza, como las que resonaron hace poco en el Salmo responsorial: «Yo, Señor, soy tu servidor, tu servidor, lo mismo que mi madre: por eso rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, e invocaré el nombre del Señor (Sal 116, 16-17). 


Ahora quisiera pasar, brevemente, al segundo aspecto: la sacralidad de la Eucaristía. También aquí hemos sufrido, en el pasado reciente, un malentendido sobre el mensaje auténtico de la Sagrada Escritura. La novedad cristiana en lo que respecta al culto recibió el influjo de cierta mentalidad secularista, de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Es verdad, y permanece siempre válido, que el centro del culto ya no está en los ritos y en los sacrificios antiguos, sino en Cristo mismo, en su persona, en su vida, en su misterio pascual. Y, sin embargo, de esta novedad fundamental no se debe deducir que lo sagrado ya no existe, sino que ha encontrado su cumplimiento en Jesucristo, Amor divino encarnado. La Carta a los Hebreos, que escuchamos esta tarde en la segunda Lectura, nos habla precisamente de la novedad del sacerdocio de Cristo, «Sumo Sacerdote de los bienes futuros» (Hb 9,11), pero no dice que el sacerdocio haya terminado. Cristo «es mediador de una Nueva Alianza» (Hb 9,15), establecida en su sangre, que purifica «nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte» (Hb 9,14). Él no abolió lo sagrado, sino que lo llevó a su cumplimiento, inaugurando un culto nuevo, que aun siendo verdaderamente espiritual, mientras estemos en camino en el tiempo, se sirve todavía de signos y de ritos, que desaparecerán sólo al final, en la Jerusalén celeste, donde ya no habrá ningún templo (cfr Ap 21,22) ¡Gracias a Cristo, la sacralidad es más verdadera, más intensa, y, como sucede para los mandamientos, más exigente! No basta la observancia ritual, sino que se requiere la purificación del corazón y la implicación de la vida.



Me complace también subrayar que lo sagrado tiene una función educativa y que su desaparición empobrece, inevitablemente, la cultura, en particular, la formación de las nuevas generaciones. Si, por ejemplo, en nombre de una fe secularizada, que no requiera signos sagrados, se aboliera esta procesión ciudadana del Corpus Domini, el perfil espiritual de Roma quedaría ‘mermado’ y nuestra conciencia personal y comunitaria quedaría debilitada. O, pensemos también en una mamá y en un papá que, en nombre de una fe desacralizada, privaran a sus hijos de toda ritualidad religiosa: en realidad, acabarían por dejar el campo libre a tantos subrogados presentes en la sociedad del consumo, a otros ritos y a otros signos, que con mayor facilidad se pueden volver ídolos. Dios, nuestro Padre, no hizo lo mismo con la humanidad: envió a su Hijo al mundo, no para abolir, sino para dar cumplimiento también a lo sagrado. 


En el culmen de esta misión, en la Última Cena, Jesús instituyó el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, el Memorial de su Sacrificio pascual. De este modo, Él se puso a Sí mismo en lugar de los sacrificios antiguos, pero lo hizo en el interior de un rito, que mandó perpetuar a los Apóstoles, como signo supremo y verdadero de lo Sagrado, que es Él mismo. Con esta fe, queridos hermanos y hermanas, nosotros celebramos hoy y cada día el Misterio eucarístico y lo adoramos como centro de nuestra vida y corazón del mundo. Amén.

viernes, 18 de mayo de 2012

Conociendo el Summorum Pontificum

Misas sin el pueblo (eh aquí la importancia y
necesidad de los altares laterales).
Sacerdotes: ¡No dejemos pasar
un día sin celebrar la Misa!
Dado que el Summorum Pontificum es el documento emitido por el Papa que abrió de nuevo las puertas a la Misa Tridentina (conocida oficialmente como la forma extraordinaria del rito romano) para todos los sacerdotes del rito romano, es preciso que poco a poco nos vayamos familiarizando con él.

En este artículo presentaremos dos puntos del documento pontificio (que es ley universal para la Iglesia) que permite a los sacerdotes realizar la Santa Misa de manera privada, sin fieles o con un número de ellos limitado.


Veamos,

Art. 2.- En las Misas celebradas sin el pueblo, todo sacerdote católico de rito latino, tanto secular como religioso, puede utilizar sea el Misal Romano editado por el beato Papa Juan XXIII en 1962 que el Misal Romano promulgado por el Papa Pablo VI en 1970, en cualquier día, exceptuado el Triduo Sacro. Para dicha celebración siguiendo uno u otro misal, el sacerdote no necesita ningún permiso, ni de la Sede Apostólica ni de su Ordinario.

Art 4.- A la celebración de la Santa Misa, a la que se refiere el artículo 2, también pueden ser admitidos -observadas las normas del derecho- los fieles que lo pidan voluntariamente.

Pensamos que esto puede ser muy ventajoso para los grupos emergentes interesados en la forma extraordinaria del rito romano. En especial es relevante y muy util para los sacerdotes que aún se están familiarizando con el rito y que no están del todo preparados para oficiar la Misa de manera pública.

También es importante recordar a los sacerdotes que es muy bueno, recomendable y sobre todo santo que siempre realicen la Santa Misa, aún si no hay fieles. Esto puede ocurrir por ejemplo con un sacerdote pensionado o en un lugar remoto. La Santa Misa, aún sin el pueblo, es fuente de grandes frutos espirituales tanto para el sacerdote, como para las benditas ánimas del Santo Purgatorio, como para el mundo entero.

lunes, 16 de abril de 2012

¡Feliz Cumpleaños Santo Padre!

El octogésimo quinto cumpleaños de Su Santidad Benedicto XVI es hoy, 16 de abril.

Una Voce Costa Rica le desea al Vicario de Cristo en la Tierra un felíz y santo cumpleaños, acompañado de muchas bendiciones. A Dios rogamos que le preserve con mucha salud, para que pueda seguir guiando a su Santa Madre Iglesia por muchos años más.

Nuestro regalo de cumpleaños, además de todas las oraciones que hacemos diariamente por el Papa, con amor se lo daremos en unos pocos días, mediante la aplicación de su voluntad plasmada en el Summorum Pontificum y que versa acerca del deseo de Su Santidad de que regrese la Santa Misa Tridentina (oficialmente llamada la forma extraordinaria de la Misa) al mundo católico.

En particular, dicha voluntad será cumplida en la Siempre Católica Costa Rica por medio del grupo Una Voce Costa Rica, que con la autorización del Papa, con la bendición de nuestro Señor Arzobispo y de la mano de varios sacerdotes, de la Santísima Vírgen de los Ángeles. de nuestro patrono el Papa San Pío V, y sobre todo de Nuestro Señor Jesucristo, hemos venido preparando el camino para que todos los fieles interesados en esta forma de la Misa la puedan vivir plenamente para el bien de sus almas y para la exaltación de la Santa Iglesia.

Esta es la Misa que por siglos celebró la Iglesia y que santificó a innumerables cristianos tanto en el orbe entero como en esta noble nación de Costa Rica. Esta es la voluntad del Papa. Esta es la fe del bienaventurado San Pedro, y de los Apóstoles; esta es la fe de los Padres; esta es la fe de los Católicos.

¡Viva la Santa Iglesia Católica, la Única Iglesia Verdadera!
¡Viva el Papa, el Vicario de Cristo en la Tierra!
¡Viva San José, Patrono y Protector de la Iglesia!
¡Viva San Pío V, Protector de la Misa!
¡Viva Nuestra Santísima Madre, la Reina del Cielo!

y sobre todo:

¡Viva Jesucristo, Dios Mismo, Nuestro Rey por los Siglos de los Siglos!




¡Amén!

sábado, 10 de marzo de 2012

Oremos por nuestro Santo Padre Benedicto XVI


Nuestro Santo Padre nos dice:

Rezad por mí para que pueda regir con humilde firmeza el timón de la santa Iglesia
18 de febrero del 2012

Nuestro amor por el Santo Padre debe verse reflejado en nuestras oraciones frecuentes por él.  Aprovechemos y en este momento hagamos esta pequeña oración:

V. Oremos por nuestro Pontífice, el Papa Benedicto XVI. 
El Señor lo guarde y lo conserve con vida, para que sea dichoso en la tierra, y no lo entregue a la saña de sus enemigos.

Padre nuestro, Ave María... 

Indulgencia Parcial (Enchiridion indulgentiarum)